Tal y como habíamos convenido por la mañana, un muchacho de las ORÍ pasa a recogerme por el hotel y me lleva en automóvil por la carretera de Las Mercedes hasta la Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos.

El valle de Yara parece un jardín y el fervor constructivo de la Revolución se manifiesta allí a ritmo acelerado. Los nuevos bloques de viviendas, las Cooperativas y Tiendas del Pueblo transforman rápidamente el paisaje. Los camiones circulan cargados de material y, a medida que nos acercamos a los contrafuertes de la Sierra, la impresión de un mundo que nace, producto de una sociedad más justa, se impone violentamente al viajero.

El 26 de julio de 1960, un millón de personas celebraban el séptimo aniversario del Movimiento que dio la libertad a Cuba, en un descampado próximo al Central Estrada Palma. Dieciséis meses después, docenas y docenas de chalés obrados por el Ejército Rebelde se alinean a lo largo del camino. Las familias de los soldados que trabajan en la Ciudad Escolar viven en casas modernas y limpias, rodeadas de jardincillos que mujeres y niños cuidan con esmero. Los hombres de Acosta allanan el piso de la carretera insensibles al sol. De tanto en tanto, un guajiro conduce un arria de mulos rabiatados, sentado en una carreta de palmiche. El puente sobre el Yara está a medio fabricar y cruzamos la vaguada por un pontón, siguiendo un desecho fangoso. Al alcanzar el otro tramo los chalés se suceden de nuevo y el muchacho y yo nos paramos a beber un refresco en la cafetería. Poco más lejos __al término de una cuesta algo pronunciada __ llegamos a la Ciudad Escolar.

La Sierra Maestra se recorta claramente en el cielo azul y la perspectiva es de una gran belleza. A la derecha, las aulas y dormitorios de los niños salpican la colina de blanco. A la izquierda, el personal que opera en la Ciudad hormiguea frente al bar y el almacén de víveres. Tras estacionar el automóvil en el parque, el muchacho me escolta hasta el edificio de la administración. Allí, un capitán de las FAR nos desea la bienvenida y me presenta a uno de los instructores del Grupo Escolar Número Uno.

__El compañero le informará sobre la parte que podemos llamar educativa __dice __. Cuando terminen pasen otra vez por aquí.

Los dormitorios de los niños ocupan varias casas de dos plantas escaqueadas en medio del césped. La colina ha sido convertida en parque infantil, con farolillos, columpios y toboganes. El maestro me precede por una vereda enchinada que serpentea entre los arriates y macizos de flores. Algunos árboles no han terminado de acopar aún y llevan ya un cartelito indicando su nombre: caucho, bijagua, guanábana, ocuje, guásima.

__En este grupo viven quinientos niños, varones solamente. El Ejército construye ahora veinte unidades más. Dentro de tres años albergaremos a los veinte mil niños de la Sierra.

Nos acercamos a un aula y percibo el susurro de los chiquillos, igual que un abejeo. Al abrir la puerta, todos se ponen de pie. Una muchacha de veintitantos años se pasea entre los pupitres y sonríe a mi acompañante.

__Acá es la maestra __dice él __. El señor es español.

La muchacha tiende la mano con gracia y me sonríe también.

__Están en la clase de dibujo __los alumnos nos observan en silencio y añade, Pueden ustedes sentarse.

Los niños reproducen el rostro de Lenin calvo, con bigote y perilla. Algunos completan su obra con una nube o sol llameante que parece flotar sobre el cráneo del dirigente soviético como una aureola de santidad.

__Aquí les dejamos que expresen las cosas tal como las sienten __explica la maestra __. A los que no les gusta el dibujo les enseñamos a hacer figuras de barro o componer versos.

La muchacha me muestra los cuadernos escritos, impresos e ilustrados por los niños de la Ciudad Escolar: Pico real, Caña brava, El hombrito, Pozo azul. Abro uno, a la ventura, y leo.

Yo quisiera

Caminar el mundo

Para saber

Cuántos años tardo.

Al concluir la clase los niños salen en tromba hacia el jardín. Los retratos de Lenin cubren los pupitres vacíos. La maestra nos lleva a un aula contigua y me enseña igualmente las esculturas y acuarelas de sus alumnos.

__Cuando llegaron ninguno sabía leer ni escribir __dice mi compañero __. Al principio tuvimos que enseñárselo todo: lavarse, peinarse, hasta comer. Algunos no habían visto nunca la luz eléctrica.

Aprovechando el alto, los chiquillos se agrupan en los dormitorios a jugar al ajedrez o ver la televisión. Otros corren por las veredas con sus camisetas blancas escritas CECC en la espalda. Los mayores cargan a horcajadas a los más chicos e improvisan un imaginario combate, medio torneo medieval, medio corrida de toros.

El maestro llama a un niño rubio, vestido simplemente con un pantaloncito azul.

__Este vino muy sonso y cortado, pero cuando vio que no nos lo íbamos a comer vivo perdió el miedo y ahora está aquí como el Curro en la fiesta __dice __. ¿No es verdad Marino?

__Sí, señor.

__¿Qué quieres estudiar al salir de acá?

__El búlgaro.

__El ruso querrás decir.

__No, no, el búlgaro __insiste el niño.

A su lado un negrito ríe enseñando los dientes. El maestro le pasa la mano por el pelo.

__Nelson es un tremendo punto, el bicho más malo de la Ciudad Escolar. La semana pasada se escapó a pescar al río.

__No sabía que había clase __dice el niño __. Armando me privó.

__No, si la culpa la tuvo el totí… Como vuelvas a hacerlo te mando como un cohete a tu casa.

Poco a poco los niños se aproximan a nosotros. Antes de la Revolución nadie se preocupó jamás por darles educación ni sustento. Como en las zonas pobres del sur de España, corrían desnudos por el campo, con los vientres hinchados, las piernecillas flacas y los hermosos ojos tristes y consumidos, huyendo, tal animalillos salvajes, de la presencia de cualquier intruso. Ahora se agrupan sin temor en torno al extranjero, con sus sonrisas blancas, sus rostros ávidos, sus manos locuaces, diminutas.

__¿Cómo te llamas?

El niño viste pantalón corto y, sin decidirse a contestarme todavía, mira en derredor de él y apoya los pulgares entre la pretina y el cinturón.

__Genovevo.

__¿De dónde eres?

__De Minas.

__¿Cuántos años tienes?

__Onse.

__¿Sabes quién es míster Kennedy?

__Sí, señor.

__¿Qué piensas tú de él?

__Que es un descarado y un sinvergüenza.

Genovevo ríe de sus propias palabras y, cuando le pregunto acerca de la guerra, el rostro se le enfosca y baja la vista.

__Mi hermano era rebelde… Lo mataron.

__¿Y tu padre?

__También era rebelde.

__¿Dónde está?

__En mi casa… Ahora tiene vaca.

__¿Bebías leche antes de venir aquí?

__No, señor.

__¿Qué comías?

__Viandas.

__¿Pan?

__No, señor.

__¿Carne?

__No, carne no.

__Ahora, ¿comes?

__Sí, señor.

__¿Sabes leer y escribir?

__Sí, señor.

__¿Qué quieres hacer cuando seas mayor?

__Ser médico.

El niño desvía la mirada, amedrentado.

__¿En La Habana? ¿O en la Sierra?

__Donde la Revolución me mande.

Una vez por semana los niños van de trajino al campo y los equipos de trabajo se relevan todos los días. El responsable de la faena es un valenciano de cierta edad que no ha perdido el acento de su provincia pese a que lleva

más de treinta años en América. Varios chiquillos descargan abono de un camión. Otros riegan los huertos sembrados de tomates, lechugas, berenjenas y coles. Uno con el pelo negro y aborregado arrastra la pierna al caminar. Como le miro, el maestro dice que le ametralló un avión en la Sierra durante los últimos meses de la tiranía.

__Aquel otro de allá es de la familia de los Argote __añade __. ¿Oyó hablar de ellos?

De vuelta a la Ciudad me refiere las fechorías de Sosa Blanco por Bayamo, Oro de Guisa, Canto Cristo, Pino del Agua. En Levisa asesinó diecinueve hombres y en Mayarí incendió los bohíos de los campesinos. Luego, para dar un escarmiento ejemplar, exterminó a una familia entera: siete primos, un tío y dos hermanos del niño que plantaba simiente de col ahuecando la tierra con las manos.

__Los hizo poner en fila y los balaceó. Argelio se libró porque había ido a coger hierba al monte.

En la Administración han hablado con Manzanillo y me presentan al capitán Peña —un revolucionario de la primera hora, para quien la lucha no termina nunca—. Antes de iniciar el recorrido, Peña me invita a tomar un café. Aprovechando un breve descanso, los soldados del Ejército Rebelde conversan en grupos junto a la barra y el color variopinto del local me recuerda el de las poblaciones de buscadores de oro de las películas del lejano Oeste. Hay mulatos de rostro tallado como en piedra, negros con sombrero de paja, machete al cinto y un tabaco en los labios, jóvenes de cabellera larguísima y vistosos medallones de cobre, campesinos de ojos vivaces y

espesa barba rubia. Mientras el capitán atiende a las consultas de sus hombres, un guajiro que parece arrancado de las estampas mambisas que coleccionaba en mi niñez, afila su mocha y ríe cuando le fotografiamos.

__A ver si se le rompe la máquina __dice —. Los de la Sierra somos muy feos.

El guajiro viste un pantalón de amplias perneras y una camisa verde del Ejército. Bajo el ala del sombrero de guano, sus ojos azules brillan con malicia.

__¿Cómo va por acá? __le dice Peña.

__Por acá siempre bien… Ahora vengo de chapear.

__¿Y la moral?

__Más alta que el Turquino, capitán. Ya sabe usted que yo estoy con Fidel hasta afuera.

Peña me abre paso entre los barbudos y subimos a su jeep. Durante media hora visitamos los talleres de carpintería y el dormitorio de los soldados. Después me lleva a las Unidades en construcción por un camino terrero que corta a través de las lomas. Los voluntarios del Ejército Rebelde fabrican los cimientos de un nuevo Grupo Escolar. La mayoría trabajan a torso desnudo y se protegen del sol con gorros y sombreros de paja. Una zanja rectangular indica el emplazamiento futuro de la piscina. El sargento responsable viene a departir con nosotros y nos ofrece su cajetilla de cigarros.

__¿De chequeo?

__Sí __dice Peña __. De chequeo.

__Ahora vamos a meterle caña al Grupo Segundo. Es el más atrasado.

__¿Cuándo debe funcionar? __digo.

__De aquí a tres meses. Pero no se preocupe usted. Si nos fajamos a hacer algo, siempre cumplimos.

__¿Cuántas horas trabajan?

__Las que podemos __el sargento se enjuga el sudor con el dorso de la mano __. El que está aquí no persigue ningún interés. Si se cansa puede irse cuando quiera.

__Son hombres hechos al sacrificio __tercia Peña __. Más de la mitad están casados y, hasta que no se les construye una casa, deben vivir meses y meses separados de la familia.

__Más penamos con Batista y entonces por nada __dice el sargento __. Esto es para nuestros hijos y nietos.

El jeep sube y baja por las lomas. Corremos por terreno claro en dirección al monte. La vegetación es rala, como si el marabú hubiese asfixiado los arbustos achaparrados y endebles, las palmas desmedradas y amarillas. Los hombres de Acosta limpian el campo enmaniguado para convertirlo más tarde en zona de cultivo. Mientras tumban la maleza a golpe de machete, con un gancho sujetan las ramas espinosas y bejucos a fin de trabajar con mayor desahogo. Otros foguerean los residuos vegetales y el humo se extiende por la sabana espeso y blanco, como una cortina de bruma.

Cuando volvemos, el sol empieza a descender y un aura tiñosa se pone en cruz sobre la rama de un algarrobo. A lo lejos se divisan los cerros bermejos, cubiertos de palmas reales. Un campesino barbudo se pierde por una trocha montado en un alazán. Los chapeadores desmaniguan un cayo de monte y, al pasar junto a ellos, Peña les saluda con la bocina.

Acosta nos aguarda en la Comandancia. Es un hombre moreno y robusto, de acogedora cordialidad. Mientras tomamos el café, me expone el plan de autoabastecimiento de la ciudad y el desarrollo previsto para los próximos años. El núcleo urbano poseerá industria, granjas agrícolas y porcinas, ganado propio. Antes de la Revolución la tierra era baldía y pertenecía a un solo dueño. Actualmente da trabajo a miles de hombres y, en corto plazo, habitarán en ella todos los niños de la Sierra.

__Que venga ahora el propietario y reclame: Esto es mío __dice __. Del susto que recibe, no puede contarlo.

Al terminar nos acompaña a recorrer las cochiqueras. Los soldados han ido a cordelear palmiche al monte y vuelcan las calderas de salcocho en las canoas. Los cerdos hozan a orillas de la aguada y un verraco cubre a su pareja en medio de la indiferencia general. Los puercos se ceban en chiqueros limpios y bien cuidados. Las parideras están en el cobertizo vecino. Cuando pasamos, una marrana se halla en trance de alumbrar y los recién nacidos buscan ya la querencia de sus ubres calientes e hinchadas.

Tras una asomada al matadero y cámaras frigoríficas, el comandante se despide de nosotros y Peña me conduce en yipi hacía Las Mercedes. El sol está a punto de quitarse y el cielo parece más azul que nunca. Los camiones transportan el personal desde los centros de trabajo y los hombres se apiñan en las cajas con sus sombreros rústicos, sus uniformes verde olivo, sus cintos y sus machetes. Un montuno con el perfil de un Cristo cabalga en una silla tejana hacia los potreros y rancherías. Al poco, alcanzamos los estribos de la Sierra Maestra y la belleza del lugar me sobrecoge. Las colinas ondulan y se altean desde el llano hasta las escurrideras agrestes de la montaña. Sobre las lomas rojizas, las palmas reales se elevan como explosiones de fuego de artificio, solidificadas e inmóviles. El jeep repecha una cuesta muy pina y, en el abra, el sendero se desboca. Las Mercedes se acurruca en la vaguada con sus bohíos de guano, su reparto nuevo y el bar en donde se avistan los guajiros para discutir y beber ron. Liberado por el comandante Che Guevara meses antes de la caída del dictador, en sus alrededores se libró una de las batallas más importantes de la guerra. A la vuelta del camino una oxidada tanqueta del Ejército de Batista recuerda al forastero el heroísmo de quienes lucharon y murieron por la libertad de su patria.

Desgraciadamente oscurece y es preciso regresar a Manzanillo. El muchacho de las ORÍ nos aguarda en el parque de automóviles y me despido del capitán. Las sombras se espesan rápidamente sobre el valle. Las luces de la Ciudad Escolar dibujan una constelación de estrellas y, delante de nosotros, los faros barren el camino como dos conos de luz blanca.

Cuando llegamos, los primeros alfabetizadores de la Sierra recorren Manzanillo con sus uniformes y la ciudad vive un clima festivo, de excitación y alegría. En la plaza un altavoz anuncia a grito herido el programa de actos de la semana. Todo el mundo tararea el himno de las Brigadas Conrado Benítez. Bajo los portales circula un río de gente y en los cafés no cabe una aguja. Durante largo rato voy de un bar a otro bebiendo saoco y poniendo discos de órgano oriental en las victrolas. Al cabo, tropiezo con los guajiros que conocí la víspera y les ofrezco una ronda de Carta Blanca. Ellos se empeñan en invitarme a su vez y me llevan a un local con techo de guano situado al borde del puesto. Junto a la barra dos hombres con un clave y un tres improvisan décimas de punto criollo. Los guajiros me presentan a varios compañeros y contesto a las preguntas de siempre. Les explico que soy barcelonés, que ando por la isla desde hace tres semanas, que el pueblo de España tiene los ojos puestos en Cuba y su Revolución. Los amigos me escuchan en silencio y, luego de pasar el platillo con los níqueles, el trovador arranca a cantar con voz ronca:

La República Española

ya sé que un día cayó,

pero la recuerdo yo

como un astro que aureola…

De pronto, un hombre se aproxima cojeando a la barra. Es alto y fornido, y el blanco del pantalón y la camisa resaltan el color atezado y mate de su rostro. Gasta sombrero de ala ancha tirado hacia atrás y, cuando topa con mi mirada, se detiene y me observa también.

__¿Se acuerda usted de mí?

Es Marcelino, el mayoral de la carretera de Bayamo.

__Cómo no __su mano es callosa, dura—. Usted es el español que iba en el taxi.

__¿Quiere tomar usted alguna cosa?

__Gracias __dice __. Rolando, el chófer, ¿sigue por acá?

__No creo. Me parece que ayer mismo regresó a Santiago.

__Tenía un mandado para él y con el embullo de verle me olvidé de decírselo.

Marcelino se acoda en la barra y, mientras el trovador recita, permanece callado y taciturno, ajeno y como hostil a la alegría que nos rodea. Le veo beber un vaso y otro y otro, y en su cara se pinta una expresión sombría,

una tristeza profunda y desamparada.

__Perdone la curiosidad __dice de improviso__, ¿Es usted médico?

__No.

__Bueno, en Europa, ¿conoce usted alguno?

Le digo que sí, que conozco, y, al tragar saliva, la nuez le sube y baja repetidas veces como el pistón de un motor.

__Estoy muy mal, ¿sabe usted?… En la guerra me agujerearon el cuerpo a balazos.. Yo quiero trabajar con el ganado porque es lo mío, pero no puedo. Me canso mucho, ¿comprende? Estoy agujereado aquí y en la pierna, y en el otro brazo, por todas partes…

Marcelino se desabotona la camisa y me muestra dos cicatrices blancas bajo el vello abundante del pecho.

__Me han ofrecido un sitio chévere en una oficina pero yo no quiero. El ganado es lo mío, ¿comprende? Antes monteaba veinte horas sin cansarme…Si me curara sería el hombre más feliz del mundo.

__¿Quién le cuida?

__Un doctor muy bueno que hay en Bayamo. Pero no me encuentro bien. Además, con mujeres…Estoy agujereado, ¿comprende?

Marcelino me mira de hito en hito y el dolor agazapado dentro se remansa lentamente en sus pupilas.

__Soy hombre como antes y, si vuelve a haber tiros, me fajo con quien sea… Pero, con mujeres… Me balacearon aquí y aquí… por todas partes…

Marcelino parece absolutamente desesperado y, por un momento, creo que va a gritar. La maldición más cruel del mundo le separa de los otros y sus ojos brillan de modo intenso y semejan aguarse.

__He probado todas las cosas… Cuando pienso en mi mujer me dan gana de llorar, ¿comprende?

Le digo que sí, que comprendo y, como los demás compañeros me arrastran casi a la fuerza al bar Eureka, le pido que me espere unos minutos, Marcelino vacía su vaso y mira obsesionado un punto fijo, delante de él.

__Me canso en seguida, ¿comprende?

Cuando logro darles el quiebro y vuelvo al bar, ha desaparecido. Inútilmente lo busco por todos los establecimientos de la ciudad. Al fin regreso al hotel y me acuesto sin desvestirme. Pienso que, a los tres años de su caída, la tiranía ofende aún el corazón del hombre y la sangre del hombre y la dignidad del hombre. Por primera vez desde mi llegada a la isla he perdido el sueño y, para descansar, me veo obligado a recurrir a los somníferos.

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