LUNES, ABRIL 18, 2011

Pueblo en marcha III. Tierras de Manzanillo. Juan Goytisolo.

Había olvidado la inseguridad de los ofrecimientos formulados al calor de una emoción pasajera, que en Cuba como en España nunca se llevan a cabo, y, mientras me desayunaba, aguardé la llegada del hombrecillo en el comedor del hotel. Como no apareció, me asome a saludar al poeta Navarro Luna y, tras una breve visita a los locales de las ORÍ, me encaminé sin prisas hacia el mercado. Por la mañana el tiempo había amanecido cubierto. Luego se desnubló poco a poco y, cuando atravesé la ciudad, el sol brillaba con inquietante fijeza y en el cielo no había una nube.

En cualquier lugar __ independientemente de grados y latitudes __ recorrer el mercado significa para mí una fiesta. Días antes de mi viaje a Oriente había vagabundeado bajo los soportales del parque de la Fraternidad de La Habana, encajando la prédica de los vendedores, aplaudiendo al domador de majá, hojeando las oraciones milagrosas de los santeros. Allí, las fotografías en color de Fidel y Camilo Cienfuegos alternan con los cromos de Santa Bárbara y la Virgen de Cobre; las obras completas de Martí y los libros de Lenin, con folletos acerca de la explicación científica de la religión y ediciones baratas de Vargas Vila.

Por su ambiente popular y la presencia de los ficus, la plaza habanera recuerda extraordinariamente a la Alameda de Málaga. Más pobre, y castigado por un sol implacable, el mercado manzanillero me trae a la memoria el aspecto de zoco marroquí del de Almería. Los mesilleros venden chilotes y jarabe de melado de caña. Otros anuncian camisas de mucha «dura» a precios «macheteados». Entre puesto y puesto, los herbolarios pregonan las virtudes curativas de las raíces que acaban de montear.

Un viejo exhibe un muestrario de EXTRACTO CONCENTRADO ON-DIT y me entretengo en leer las etiquetas de los frascos: «Cambia Voz», «Rompe Guerra», «Amansa Guapo», «No me Olvides», «Quita Maldición», «Yo Puedo Más que Tú», «Espíritu Vencedor». Su vecina me brinda un surtido de talismanes para el mal de ojo y le pago tres níqueles por la Oración del Ánima Más Sola.

En la esquina, un mulato estira un par de calcetines como si fueran de chicle. Los mirones le rodean a la expectativa y comienza una letanía con voz monótona, Holliday… día de feria… nueva línea… nuevo tejido… mayor duración… bagazo de caña… acetate… caucho blanco… nylon… tejido múltiple en banda separada en forma de zipper que se abre y cierra siempre a través del tejido… no hay trabadura… no hay enganche… doce ofertas nada más. Al terminar la cantinela desliza un punzón sobre la trama del calcetín y lo ofrece a la admiración de los curiosos antes de proseguir, Holiday… día de fiesta… nueva línea… Nuevo tejido… mayor duración.

Las manzanilleras caminan casi sentadas sobre sus faldas estrechas y van de un lado a otro, a socaire del sol, haciendo girar graciosamente las sombrillas. A mi lado una trigueña muy bien formada se detiene junto al carrito del fritero y le pregunta el precio del sandwich.

Treinta centavos por ser para usted __ dice el chino.

—¿Y los chiquiticos de acá?

__ Esos son más baratos. Quince centavos y cinco del pan.

Inopinadamente la vitrola de un bar difunde los primeros compases de «Tremendo punto». Es un himno triunfante, risueño como una obertura de Mozart, que alegra el espíritu y tira de los pies y las caderas de quienes lo oyen. La música imanta a la chiquillería junto al tocadiscos y, desafiando el calor, algunos transeúntes cruzan la calle contoneándose.

En el otro extremo del mercado la gente se atropella en torno a un carrito que lleva la inscripción: ESPARADRAPO, LOS CALLOS SI TE LOS CORTA QUEDAS. El embaidor es un negro pequeño tocado con un sombrero hongo que se expresa de modo redicho y gesticula como un conferenciante:

__ Todas las infecciones de los pies vienen de quitarse los callos con instrumentos perforo-cortantes… Por eso yo informo a la multitud… Porque la multitud es la congruencia de los cerebros… Lo que yo diga influye en la conceptuación de mi persona… El estímulo del científico es que el pueblo lo aliente… En una sociedad unos consumen y otros producen y, si los que producen no trabajan, los que consumen carecen… Al darle las razones científicas me quiero someter a la legalidad de la cultura…

Durante unos minutos lo escucho a la sombra de un toldo y, cuando veo un taxi, me adelanto y lo paro.

__ ¿Dónde va usted? —el chófer es hombre de una cuarentena de años, moreno, con gafas de sol. A su lado va un muchacho con el uniforme de los alfabetizadores.

__ Dé una vuelta a la ciudad __ le digo __. Elija usted mismo el trayecto.

__ Bueno, eso depende de lo que le interesa a usted.

__ No sé. Yo no conozco nada.

__ ¿Ha visitado usted la Ciudad Pesquera?

__ No.

__ Entonces podemos ir allá. Verá usted una cosa linda.

El hombre me abre la puertecilla y me acomodo en el asiento de atrás. El automóvil —un Ford antiguo— tiene los vidrios partidos, cubiertos con tiras de papel engomado.

—¿Usted es extranjero? —pregunta cuando arrancamos.

__ Español.

__ Ya. ¿Y hace tiempo que anda por Cuba?

Es el diálogo de ayer, de todos los días. Le digo, Tres semanas. Y él, ¿Le gusta?. Y yo, Muchísimo. Y él, Siempre ha sido un país bello. Pero ahora es más bello que nunca. Luego, cuando me interroga a su vez acerca de España, le hablo de la actual situación, de su pasado y de nuestro porvenir. Al cabo de un rato de palique somos amigos ya y nos tuteamos como viejos conocidos.

__ En Manzanillo vivían algunos paisanos tuyos que no quisiera volver a ver ní en fotografía —dice.

__ ¿Se fueron?

__ Fidel los devolvió a España por correo certificado, para que no se perdieran por el camino.

El chófer se llama Manuel, tiene mujer y seis hijos y es manzanillero rellollo. Mientras recorremos la zona del puerto me señala un jardín frondoso, con un bar bien acondicionado y un pontón para amarrar las embarcaciones, que ahora pertenece al INIT.

__ Aquí se reunían antes los ruiseñores —dice—. Se sentaban a la sombra a tomar el fresco y se jalaban bebiendo whisky.

__ ¿Recuerdas tú el día que invitaron a don Delio? __ pregunta el muchacho.

__ Se enriquecían chupándonos la sangre a los pobres y luego no le daban de comer ni a la paloma del Espíritu Santo __ Manuel habla despacio, como repastándose en sus palabras __ . Conozco a uno que manejó dos años para ellos y no recibió jamás ni una viruta.

__ El yerno de don Delio vino con los gusanos de Playa Girón __ el brigadista habla para mí __ Está preso en Isla de Pinos.

__ Por lo menos éste la arriesgó __ dice Manuel __. Los demás, en cuanto se les puso el mantecado duro, se apendejaron y se fueron para el Norte.

La carretera bordea el golfo de Guacanabayo y, a la derecha, el mar se tiende uniforme y liso. Un buque carbonero aproa hacia el perfil borroso de los cayos. Bandas de gaviotas vuelan en torno a las palizadas flotantes. La luz espejea en la lumbre del agua y el resistero del sol alucina.

Atravesamos lo que fue barrio residencial de la burguesía de Manzanillo y, un centenar de metros después, Manuel me señala el edificio a medio obrar de los astilleros. La ciudad aparece inmediatamente detrás, construida sobre el flanco de la colina. Las viviendas de los pescadores se escalonan en la ladera, pintadas de rojo, amarillo, verde, blanco. Manuel ha aminorado la marcha y avanzamos por las calles asfaltadas y limpias. Las casas tienen tablas de césped y sus moradores han plantado setos de crotón y macizos de flores. Una chiquilla de pinta gitana riega la hierba con una manguera. Los niños juegan a la pelota en el centro de la calzada y debemos tocar la bocina varias veces para que nos cedan el paso.

__ Esto lo ha hecho la Revolución para los humildes __ dice Manuel __ . Toda esta gente vivía antes en chozas, sin luz, ni escuelas, ni médicos ni nada. La mitad de los niños morían recién nacidos.

__ ¿Cuántas familias hay?

__ Más de quinientas. ¿Quieres que entremos a ver una casa?

Manuel estaciona un taxi junto a uno de los jardincillos y echa un párrafo con una mujer de cierta edad que toma la fresca en una mecedora, a la sombra del portal. El brigadista se ha apeado también y hace señas de que le imite.

__ Venga __ dice.

La mujer y Manuel nos aguardan en silencio. Cuando me aproximo, mi amigo me señala con un ademán.

__ El compañero es español.

__ Buenos días —la mujer me estrecha la mano torpemente __. Pasen.

Un letrero reza sobre la puerta: LOS HABITANTES DE ESTA CASA PERTENECEN AL COMITÉ DE DEFENSA DE LA REVOLUCIÓN. Al cruzar el umbral penetramos en un saloncito amueblado con una mesa, dos sillones y media docena de sillas. En la pared hay una fotografía de Fidel y una bandera con la inscripción: «Territorio Libre de Analfabetismo». A la izquierda el saloncito se manda con una habitación de matrimonio y el comedor. A la derecha, con un dormitorio con tres literas, la cocina, el cuarto de aseo y la ducha.

__ ¿Hace mucho que vive usted aquí? __ pregunta Manuel.

__ Desde Junio. Mi marido y mi hijo más chiquito vinieron un mes después.

__ ¿En qué sitio estaban?

__ En el Mégano.

__ ¿Qué tal lo pasaban allá?

__ ¡Alabao! __ la mujer dibuja un garabato en el aire como si se santiguara, Vivíamos como los animales. Igualitico. Todavía ahora cuando miro esta casa creo que estoy soñando.

__ ¿Y su marido?

__ Salió a pescar hace doce días. La mujer apunta el índice hacia la bandera chincheteada en la pared __. Mis dos hijos mayores tampoco están. Se fueron a alfabetizar a la Sierra.

__ ¿Y usted, sabe leer y escribir?

__ El mes pasado le mandé la carta a Fidel.

__ ¿Quién le enseñó?

__ A mi marido y a mí nos alfabetizó nuestro hijo menor.

La mujer nos muestra un cuaderno escrito con una letra vacilante y rudimentaria. Mientras leemos, en sus ojos se transparenta la satisfacción. Apandillados en el portal los niños del vecindario nos observan con curiosidad sobria.

__ Dale, arranca de ahí __ dice ella. Nos estáis quitando el aire.

Los chiquillos la obedecen a regañadientes y, aunque la mujer nos invita a sentarnos, nos despedimos y regresamos al taxi. Durante media hora recorremos el barrio de un extremo a otro. Un piquete de obreros trabaja en la urbanización de las calles y, al pie de la escalera central, los niños juegan a empinar cometas. Manuel me enseña el edificio airoso del mercado, la Tienda del Pueblo, el moderno grupo escolar. Cuando terminamos el sol está encampanado en el cenit y el mar reverbera a lo lejos como si fuera de plomo.

__ Fidel ha hecho en tres años lo que otros gobiernos no hacen ni en mil __ dice mi amigo __. Y que conste que no lo digo por una razón egoísta. A mí no me ha dado ninguna casa ni quiero que me la dé.

—Le ofrecieron una y no quiso aceptarla —dice el brigadista.

__ Otros la ameritaban más que yo __ . Manuel saca una cartera del bolsillo y me muestra la fotografía de Martí __ A mí me basta con que nos haya dado la libertad. El verdadero revolucionario debe sacrificarse como se sacrificó él.

De retorno a Manzanillo nos detenemos a beber un trago en el bar del ÍNIT. El camarero ha abierto los quitasoles de la terraza y el paisaje del puerto parece emborronado por el calor. Amarradas al pontón del club hay unas cuantas embarcaciones de recreo. El mar sigue en lecho y las gaviotas revolotean sobre los parales. En el varadero un pescador repara la quilla de su bote y los niños corren por la orilla y chapalean en el fango.

En tanto que el del bar vacía el agua de los cocos y la mezcla con unos dedos de Carta Blanca, Manuel habla del terror policíaco durante Batista y me refiere algunas «hazañas» de los tigres de Masferrer. Los últimos meses de la dictadura, dice, los opositores aparecían muertos en los placeres o colgados de las farolas y los árboles. A otros los metían en sacos y les prendían fuego después de haberlos rociado con gasolina.

__ Aquí no había más remedio que amarrarse los pantalones y salir a fajarse. Uno tiene mucha correa, pero tanto le dan al buey manso que tira la pata.

__ Entonces mataban por la libre y los americanos no decían nada —dice el chico.

__ Quien se queje ahora merece que lo boten al carro de la basura y lo tiren al mar __ dice Manuel __. El otro día había alquilado la máquina a un individuo que empieza a lamentarse: las cosas van mal, el azúcar escasea, se acabarán las medicinas, a usted le nacionalizarán el taxi… Yo le dejé que se soltara y, cuando terminó, le dije, Mira, chico, el dinero lo pierde el que lo tiene. El pobre no se arruina… Si Fidel me quita la máquina, me pondrá un sueldo y, si no me pone un sueldo, me dará otra cosa para que viva yo y mi familia, de modo que ya te vas callando ahora mismito si no quieres que la arme, y en vez de llevarte a tu casa, te deba acompañar al hospital para que te cuiden…

__ Esa gente repite las mentiras que dice Radio Swan __ explica el chico __ . Se creen siempre que los americanos van a desembarcar en quince días.

__ Pues que esperen. Los cubanos somos guapos desde hace rato y no nos importa morir a todos. Aquí nadie retrocede ni para coger impulso.

El Saoco está helado y da gloria beberlo mientras el sol castiga a nuestro alrededor. Al cabo de unos minutos, Manuel me pregunta adonde quiero ir. Recuerdo que el hijo de Navarro Luna me habló del Centro Espiritista de Manzanillo y me informo si queda lejos.

__ Hay que tomar la carretera de Campechuela. En diez minutos estamos allá.

Al encaminarnos hacia el taxi, el camarero sale al encuentro de una pareja que viene cogida de la mano desde los setos frondosos de jardín. La muchacha tiene un rostro jugoso y fresco y los ojos negros y vivos, de fierecilla indomable. Debe de haber cumplido apenas dieciséis años y todo, en su porte, indica que es ya una mujer. Su compañero __ un mulatico bien parecido __ mordisquea distraídamente el tallo de una hierba.

__ ¿Otra vez ahí? ¿No les dije que no quería verlos más?

La muchacha se alisa los pliegues de la falda y hace un mohín con los labios.

__ El jardín es de todos.

__ Esos dos tienen acá su tumbadero __ el del bar se vuelve un instante hacia nosotros tomándonos por testigos __ ¡Anda, niña, vete a tu casa!

__ Bueno, bueno, sin gritar, que ya nos vamos __ dice el mulato.

__ Esa chiquita está alborotada __ dice el camarero mientras se alejan—. El día menos pensado le hacen una barriga.

__ Déjala, chico __ dice Manuel __ . De esa puñalada no muere nadie.

Durante el trayecto hacia el Centro Espiritista mi amigo me habla de su fundador, un francés de grandes mostachos blancos, a quien los fieles tenían por el Mesías.

__ En Cuba botó la pelota. Todos los años se moría el Viernes Santo y resucitaba al día siguiente cubierto por los pesos que venían a traerle los pobres.

__ ¿Vive aún?

__ No. Un viaje le falló el truco y largó la chancleta de verdad. Entonces le sucedió una mujer que llamaban la Hermana Angelina. Luego te contaré un episodio de ella.

Avanzamos por la carretera asfaltada y, de improviso, Manuel frena y se detiene ante un magnífico jardín. Sobre la cancela una inscripción indica: CENTRO JUAN BAUTISTA LAVIÉ. La puerta está abierta de par en par y nos embocamos por un sendero de grava. El lugar respira riqueza, sosiego y quietud. Flamboyanes, araucanas y mirtos combinan sus delicados tonos verdes. En los arriates hay macizos de crotón, mar pacífico, lengua de vaca. Abierto como un abanico en el centro del jardín, diviso un espléndido ejemplar de árbol del viajero.

El Centro se compone de una docena de modernos edificios de madera cubiertos con tejados de cuatro aguas. Cuando llegamos los fieles rezan al aire libre, sentados frente a la capilla. Nosotros entramos en otra más amplia, y un hombre canoso, gordo y con espejuelos, se brinda inmediatamente a acompañarnos y nos explica con voz melosa el simbolismo litúrgico.

__ Lavié llegó a Cuba en 1914, pero su venida estaba anunciada por los textos sagrados desde la Antigüedad —dice.

La capilla se halla atestada de flores, altares, cuadros, hornacinas, exvotos. En una vitrina veo las banderas cubana y francesa aspadas sobre un fondo blanco y algunos términos como Amor, Paz, Unión, Triunfo Espiritual, dispuestos en forma de jeroglífico. Según puedo juzgar por los retratos, el Mesías tenía facha de patrono de bar retirado de los negocios. Numerosos grabados __obra de los fieles __ lo representan con una corbata listada, pantalón bien planchado y camisa impecable, caminando encima del mar como Jesucristo o volando serenamente hacia el sol.

Nuestro guía parece algo nervioso y, al tiempo que celebra las virtudes sobrehumanas de Lavié, advierto que espía a Manuel con el rabillo del ojo.

__ La pirámide de Keops profetiza la evolución de Cuba a partir de las Treinta Mil Leguas de Carlomagno, el día en que venció en el mar Caspio a los indios de Tamerlán. Dijo que un francés desembarcaría en la isla más bella del Occidente y, a su muerte, otro fiel quitaría los bienes a los ricos y se los entregaría a los pobres.

Nuestra visita dura escasamente diez minutos y, como es tarde, nos despedimos del guía y volvemos a Manzanillo. Al acomodarme en el asiento delantero le recuerdo a Manuel el episodio que me prometió.

__ ¿No viste cómo el tipo me miraba? __ dice mi amigo.

__ Sí. ¿Por qué?

__ Te contaré __ sin dejar el volante, Manuel enciende un tabaco con calma __ . La Hermana Angelina era muy conocida en la región porque decían que se comunicaba con los Santos. Tenía mucha plata y, de haber continuado el negocio, hubiera ganado aún más… Lo malo fue que le dio por meterse en política.

__ ¿Qué hizo?

__ Ella y los curas españoles vivían de la siquitrilla y, el año pasado, antes de la invasión, empezó a entrar en contacto con los santos del FBI y el espíritu de Kennedy…

__ ¿Conspiraba?

__ ¿Que si conspiraba? __ Manuel ríe __ . A todo tren. Iba y venía de Cuba a Puerto Rico y al fin la pescaron con un montón de pruebas.

__ Andaba conspirando con los jefes de la contrarrevolución __ dice el brigadista.

__ Aquel día yo estaba de servicio y vi su arsenal __ concluye mi amigo __ . Era una gusana tremenda.

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