Hay ciudades cuya personalidad se impone como una evidencia al viajero desde el instante de su llegada y otras que requieren un acercamiento minucioso, un proceso de adaptación lento y difícil. Las hay también a las que el forastero no se adaptará jamás y su encuentro será como el de dos personas que, después de saludarse en un aeropuerto o estación de ferrocarril, se despiden para no volverse a ver.
Cuando visité Manzanillo por primera vez me pareció que conocía a la ciudad de toda la vida. Era una tarde limpia de diciembre y yo venía en automóvil desde Santiago, a través de los viejos dominios de paro y latifundio. Recuerdo que el viento alborotaba el güin de las cañas y, en la dehesa llana y como sin fin, el ganado retozaba en los cayos de manigua que emergían de trecho en trecho, igual que islotes.
A lo largo del trayecto, guajiros con sombreros de yarey y botas montunas iban y venían a caballo, achicándose conforme nos alejábamos hasta desaparecer por las trochas y guardarrayas. Otros aguardaban inmóviles el paso del coche de línea, con las asentaderas apoyadas en los talones y un cabo de tabaco entre los labios. Los edificios modernos de las granjas avícolas y porcinas campaban entre los varazones de cuje y cumbreras de guano de los bohíos. Junto a una barraca un negro se columpiaba en su mecedora y mi guía señaló el letrero clavado en la puerta: ESTA CASA ES CUBANA Y ESTAMOS DISPUESTOS A DEFENDERLA. PATRIA O MUERTE. Un chico se asomó con una cesta sobre los hombros. Como acelerábamos nos hizo adiós con la mano.
__ A los diez años agarran el machete y tumban caña igual que los hombres __ dijo el chófer.
De Palma Soriano a Jiguaní, de Jiguaní a Bayamo, nada evocaba ya los tiempos en que en los centrales de Fico Fernández no se ponía el sol. En caseríos y aldeas los guajiros pegaban amistosamente la hebra frente a la Tienda del Pueblo, la fotografía de Fidel adornaba todos los bohíos y, a orillas del camino, los estantes de jiquí pintados de anaranjado y blanco del INRA se sucedían durante kilómetros y kilómetros.
Cerca de Bayamo nos detuvimos ante una manada de bueyes que cruzaba la carretera. Las chicharras zumbaban de modo ensordecedor y, mientras el ganado se emboscaba entre las agujas de la tranquera, el mayoral se aproximó a nosotros y cambió un apretón de manos con el chófer. Era un hombre robusto, de piel oscura y mate, vestido con una camisa blanca y un pantalón de amplias perneras que le cubrían la caña de las botas. De la funda de cuero sujeta al cinto sobresalía la culata de un revólver. Cuando mi compañero le preguntó por la salud esbozó un ademán con los hombros.
__ Ahí ahí. Vira virando.
__ Mi cuñado te vió tarde en el Seguro.
__ Voy dos veces a la semana, a que me piquen. ¿Y tu señora?
__ Muy bien. Ahorita estaba en casa con el niño.
El mayoral apoyaba sus antebrazos en la ventanilla y el chófer se volvió para mirarme.
__ Acá el señor es español.
__ Marcelino Milán, para servirle __ dijo el hombre __. ¿Paseando?
__ Sí, dando una vuelta.
Los bueyes habían entrado en el potrero y el mozo colocó las trancas entre las agujas. Marcelino nos estrechó la mano de nuevo. Al arrancar, el chófer dijo que era bayamés como él y que, durante la guerra, habían luchado juntos.
__ Cuando sonaron los tiros no fue de los que se agacharon . En el Jigüe se fajó él solo contra seis soldados de Sánchez Mosquera.
__ ¿Le hirieron?
__ Lo balacearon cuando salía de su casa y lo torturaron para que cantase. Figúrate cómo lo pondrían que lo dejaron por muerto. Al triunfar la Revolución fui a visitarlo al hospital y daba pena verlo. Un hombre que había sido tan fuerte, agujereado por todas partes
Mientras atravesábamos la ciudad el chófer me refería aún la historia de Marcelino. Nos apeamos a beber un café.
__ Durante la tiranía los humildes sufrimos mucho. Los cuatro pejes gordos que había en Bayamo cortaban el bacalao para ellos solos y los demás debíamos repartirnos la sobra.
__ ¿En qué trabajabas? __. Dije.
__ Ultimamente manejaba el carro de un tipo rico __ hizo un gesto de excusa con los labios __. Como no te buscaras alguna palanca no ganabas ni para una frita.
 Pasado Bayamo tuve la impresión de que el paisaje cambiaba un tanto. El sol estaba a punto de tramontar y la luz respetaba la variedad de los colores. El corojo, el yarey y la caña barajaban sus verdes diferentes. Los contrafuertes de la Sierra Maestra adquirían una transparencia casi azul y, hacia el Cauto, el llano se tendía uniforme y liso, salpicado a intervalos por el techo de guano de un bohío o la graciosa silueta de una palma real.
Desde la ventanilla contemplaba los setos de cardón y piñón florido, el cangre amarillento de la yuca, las plantaciones de arroz anegadas. Los maizales alternaban con las siembras de tomate y verdura. Un puente de tablas salvaba un riachuelo orillado de cañas de bambú y, más allá de Yara, la carretera cortaba en dirección al mar hasta las primeras aglomeraciones urbanas de Manzanillo.
A la entrada, un grupo de muchachas engalanaban las farolas preparando la recepción de los brigadistas. La ciudad había sido proclamada la víspera Territorio Libre de Analfabetismo y, mientras avanzábamos bajo la empavesada de banderitas y arcos triunfales, el chófer me dijo que todos los albafetizadores de la Sierra se iban a concentrar allí antes de regresar a La Habana.
__ ¿Cuánto tiempo vas a estar?
__ No sé __ repuse __. Cuatro o cinco días.
__ Entonces vas a presenciar algo grande. Anteayer salió una caravana de camiones para traerlos para acá. Ya verás qué molote habrá el viernes.
 Manzanillo parecía reponerse del cansancio del día, y por sus calles circulaba un río de gente que salía del trabajo e invadía los soportales y aceras. Su aspecto — medio africano, medio colonial — me recordó el de algunas capitales andaluzas en las que la influencia árabe se mantiene viva al cabo de los siglos y, al desembocar en el parque, con su glorieta decimonónica, su iglesia blanca y la tertulia de jugadores de dominó en los locales del vetusto Círculo Social, me creí transportado de pronto a una ciudad española, como si mi niñez se hubiera desenvuelto allí y la población entera, con sus casas y moradores, hubiese habitado desde siempre las leyendas y sueños que componen la mitología personal de mi infancia.
Los músicos de la banda afinaban los instrumentos en el quiosco. Un coro de mirones aguardaba pacientemente el comienzo de la retreta. El chófer estacionó el automóvil frente al edificio de la Delegación Provincial de Cultura. La muchacha responsable había sido prevenida telefónicamente desde Santiago y dijo que me tenían reservada habitación en el Casablanca. El hotel distaba sólo unas manzanas del parque y, al llegar a él, me despedí de la muchacha y el chófer y subí a mudarme a mi cuarto. La noche anterior me había acostado a las tantas y, después del ajetreo y fatiga del viaje, era agradable descansar y dejar escurrir sobre la piel el agua fresca y leve de la ducha.
Cuando salí había oscurecido del todo. La glorieta estaba desierta y la gente se recogía a cenar en sus casas. Durante más de una hora vagabundeé de bar en bar en busca de un órgano de Manzanillo. No di con ninguno y, mientras bebía naranja con Bacardí, me entretuve poniendo danzones en las vitrolas.
Al tercer ron me sentía alegre y dispuesto a comunicar con el prójimo. El ambiente perezoso y adormilado de la ciudad me gustaba. De regreso al parque descubrí que había luz en los ventanales de la Delegación de Cultura. Alguien pronunciaba un discurso en el salón de actos y el público aplaudía con frecuencia. Acodado en la barra de un bar, esperé a que terminase la reunión. Minutos después los aplausos sonaron más fuertes y la asistencia entonó La Internacional. El camarero me dijo que era la charla semanal de formación política y cívica.
El público se había desparramado por el parque y, en unos momentos, el bar se llenó de bote en bote. Como en el Parque Central de La Habana, la gente se agrupaba en pequeños corros y comentaba el discurso del orador. A mi lado un negro vestido con un chaquetón de cuero elevaba la voz para hacerse oír. Debían zumbarle los cincuenta años, pues comenzaba a peinar canas. Le rodeaban varios parroquianos con sombreros de ala ancha, botas del ejército y revólveres. El más joven del grupo tenía aspecto de andaluz y vestía uniforme de miliciano.
__ Lo que ha dicho el compañero es una gran verdad. Ahora muchos se la dan de guapos y dicen a los cuatro vientos, Yo soy comunista y anduve peleando en la Sierra y nosotros los marxistas….
__ Cuando oigo a uno hablando así le digo, Mira chico, para ser un buen comunista uno tiene que haber estudiado bastante teoría y tiene que conocer perfectamente los libros de Marx y Lenin, y tú, ¿qué sabes, o es que crees que uno se vuelve comunista de la noche a la mañana?
El hombre miraba a su alrededor y los demás aprobaron con movimientos de cabeza.
__ Esos se destiñen y lo mismo se hacen protestantes o lo que convenga __ dijo uno.
__ Por acá corre algún elemento con careta __ dijo el miliciano __. He visto a más de un compañero ceder el asiento en la guagua cuando entra una buena hembra y quedarse sentado si sube una viejita. Mucho hablar de moral y luego bota el dinero de sus hijos por ahí con una pieza… A mí que no me digan. Eso es negativo.
__ Sí señor. Por eso el compañero insistía en la necesidad de ser modesto. Cuando uno se pone a hablar de lo que hizo y lo que no hizo y cantarse los méritos me digo, Malo, malo…este no es buen revolucionario ni nunca lo sera.
__ A lo mejor es de los que se escondieron en su casa mientras nosotros nos fajábamos y después se paseaban con la barba como si hubieran desembarcado con Fidel.
__ El primero de Enero todo el mundo había peleado contra Batista __dijo uno . Al león muerto cualquiera le pisa el rabo.
El anillo de curiosos se había ido ensanchando poco a poco y, sin advertirlo, me encontré en el centro del grupo. El negro aguardó a que callaran y se dirigió al miliciano pausadamente.
__ Mi señora, por ejemplo, nunca en su vida se ha interesado por la política. Cuando eligimos a Paquito Rosales yo iba a todos los mítines y ella no paraba de decir que estaba loco y que se me había corrido una teja y muchas cosas más que me callo __ sonrió .
Pues bien, ponme asunto que la cosa tiene su ají. La otra noche viene y me dice, Hilario, yo también soy marxista leninista. Así mismo, con esas palabras.  Y yo la miro y le pregunto, Tú…¿desde cuándo? Desde ahora. Vaya, ¿puedes aclararme por qué? Porque Fidel es bueno con los pobres y todos somos parejos y ya no nos explotan como antes. Al reír, la boca de Hilario era una raja de melon blanco. Mira vieja, __ le dije __ , tu has vivido toda la vida ignorándome a mí e ignorándote a ti misma…¿qué sabes tú de marxismo leninismo y de teoría revolucionaria? Fidel es una cosa y el marxismo leninismo otra, como esto es un vaso y esto una botella. Así que no me armes un arroz con mango o vamos a tener tángana tú y yo. Primero estudia y luego hablamos.
Los paisanos reían bulliciosamente y yo con ellos y cuando alargaba mi vaso vacío al hombre de la barra el miliciano se encaró conmigo y me preguntó si era del país.
__ Español __, dije.
__ ¿Hace tiempo que está usted en Cuba?
__ Tres semanas.
__ ¿Refugiado politico?
__ No.
__ ¿Vino usted en algún barco?
__ Estoy acá de visita.
Como su rostro reflejaba cierta sorpresa le di una breve explicación.
__ Ah, bueno __ dijo __ ¿Y qué, le agrada esto?
__ Sí, me agrada.
Los tertulianos bromeaban aún, tentándose el cuerpo como muchachos y, bajando la voz, el miliciano me explicó que Hilario —responsable en la actualidad de una cooperativa lechera— había sido, en un tiempo, uno de los primeros comunistas de Manzanillo.
__ Siempre que hay una charla de la ORI viene acá. A la gente le gusta oír lo que dice.
El camarero me sirvió un nuevo ron con naranja. Todos me observaban curiosamente y oí susurrar a uno, Acá es español. Como Hilario hablaba otra vez, se callaron.
__ Los que creen que ser marxista es darse la buena vida y pasearse en un carro están confundidos. Ser marxista quiere decir que uno ha de sacrificarse por el bien común…hacer las cosas no por interés, como el capitalista, sino por razón de idealismo.
La Revolución debe acabar con los comecandela y los aprovechados, dijo uno, Queremos a la gente clara, sin aguaje.
Los revolucionarios tenemos que dar el ejemplo en todos los órdenes __ antes de lanzarse a uno de sus párrafos, Hilario se acariciaba la barba __. Lo que son las cosas…en la cooperativa donde trabajo hay una chiquita de dieciocho años que conozco desde que era una niñita. Anteanoche me iba yo para el almacén y me sale al encuentro y me suelta, Viejo, ¿quieres que te diga un secreto? Me gusta mirarte a la cara. Cuando te observo, no sé, siento unas emociones extrañas que nunca había conocido ni sabía que existían. Un cosquilleo en la sangre, un deseo de estar cerca de ti… __ Hilario se interrumpió unos instantes __. Ven acá, negra, le dije. Yo ya tengo mucho almanaque para tí y soy muy feo para esta estrofa, de modo que mírame al corazón en vez de mirarme a la cara. Mejor te vale aprender cosas útiles que perder tiempo en amoríos e ilusiones de niña tonta…Anda, ve y repite lo que te digo a tu madre o se lo voy a tener que repetir yo.
__ Si yo fuera tú me lo pensaba dos veces __dijo un guajiro riendo __. ¿cómo está la muchacha?
Pues hubiera obrado mal __ dijo Hilario __. Cuando era joven tuve oportunidad de desgraciar a más de treinta y a todas las perdoné.
__ Lo que es la vida, yo suspirando por un chance y tu….
__ Es que tú no comprendes la cosa, chico. En Isla de Pinos era responsable del Partido y todo el mundo tenía los ojos pendientes de mi conducta. El cura y los elementos burgueses esperaban cualquier error mío para calumniarnos. Las mujeres me decían a veces, Tú eres un santo o eres maricón.
El negro Hilario reía muy fuerte y, aprovechando una pausa, los comensales me interrogaron acerca de España. Querían saber un montón de cosas a la vez; hablaban atropelladamente.
 Les contesté lo mejor que pude —empezaba a acostumbrarme ya a estos asaltos— y, luego que Hilario se retiró, el miliciano y un hombrecillo rubio dijeron que allí cerraban a medianoche y se brindaron a acompañarme al bar Eureka. Pregunté cuánto se debía.
__ Está todo cobrado —dijo el camarero.
__ ¿Quién lo pagó?
__ El compañero — apuntaba con el dedo al más joven de los presentes.
__ Déjeme invitarle a mí.
__ Otro día será — me tendió la mano despidiéndose.
__ A lo mejor no nos volvemos a ver —protesté.
__ Bueno, si no me ve a mí invita a otro y es lo mismo.
Salí a la calle con el miliciano y el hombrecillo rubio, y los demás compañeros y un mulato se unieron a nosotros. El miliciano caminaba emparejado conmigo y me preguntó sí había visto a Fidel. Dije que lo saludé en la tribuna el día del entierro del brigadista Manuel Ascunce y sus ojos se iluminaron.
__ ¿Habló?
__ No.
__ Debes oírle hablar. ¡Qué pensamiento más ligero tiene el maldito!
__ Fidel es el Cristo de los pobres __ dijo uno. Vivíamos engañados y él vino a destupirnos y abrirnos los ojos.
__ Cuando pienso en todo lo que conocemos gracias a la Revolución se me eriza la piel. ¡Fidel, carajo, es lo más grande que hay!
El miliciano refirió que hasta la caída de Batista había vivido en la ignorancia. Sabía leer y escribir, dijo, pero no comprendía lo que significaba la palabra capitalismo ni el sentido exacto del término alienación. Creía que su patrono era muy bueno porque le daba un anticipo sobre su paga y en Navidad le regalaba un billete de veinte pesos.
__ Lo que es la incultura. Yo lo tomaba por un dios, por un santo, por un rey, y él me robaba la plusvalía.
Nos acomodamos en la barra del Eureka, junto a la vitrola. A la entrada del bar había una banda de muchachos y, más cerca de nosotros, un negro tocado con un minúsculo sombrero gris. El camarero nos sirvió la ronda de cuba-libres. El miliciano bebía un jugo de guayaba.
__ Con Prío y Batista los pobres ni podíamos entrar en los bares. Los ricos lo acaparaban todo para ellos solos.
__ Se cruzaban contigo y ni siquiera te daban los buenos días __ dijo el mulato.
__ Esa gente no soltaba un centavo ni por casualidad. Sacabas tú más aceite de una piedra que de ellos.
__ Aquello era un relajo, chico. La plata para unos pocos y el obrero comiéndose un cable.
__ Al principio creían que iban a comprar la Revolución. Pero Fidel los madrugó y se les cayó el altar.
__ Al peje le parecía buena la carnada hasta que lo enganchó el anzuelo. Como vuelvan acá faltarán guásimas para colgarlos.
El mulato explicó que, durante la dictadura, lo atropelló un jeep de la policía y, en lugar de socorrerle, los agentes lo molieron a palos y lo embarcaron preso. Los otros desempolvaban historias parecidas y fui a poner unos discos a la vitrola. Al regresar a mi sitio, el negro del sombrerito gris me tendió un mensaje escrito a lápiz sobre un rectángulo de papel, Señor europeo, atiéndame.
Me aproximé a él y contemplé su camisa roja y su pantalón blanco, separados por un delgadísimo cinturón color de oro. El negro me observaba a su vez con expresión indefinible y señaló un taburete vacío.
__ Estoy bien de pie, gracias.
Me miró como si mis palabras le contrariaran e hizo un ademán con los hombros.
—¿Puedo hacerle una pregunta? —su voz era ligeramente pastosa.
__ Las que quieras.
__ Es simple curiosidad. ¿De dónde eres?
__ Español
__ ¿Isleño?
__ No, de Barcelona.
__ Mi papa también era catalán __ dijo el negro. Mi abuelito se llamaba Carbó.
__ ¿Catalán tú?
El hombrecillo rubio que nos acompañaba se acercó y me tiraba de la manga, Yo he fondeado más de diez veces en Barcelona y no he visto a ningún catalán de tu color.
__ Catalán, sí señor __ Carbó se llevó a los labios un vaso medio de cerveza __ En todos los shows y night clubs me conocen. Soy un trovador romántico y voy a tener el gusto de…
El camarero dijo que estaba prohibido cantar. Hubo un instante durante el cual la voz de Beny Moré cubrió nuestro silencio. Carbó miraba en derredor, aturdido. Finalmente apuró el resto de la cerveza y se perdió en la calle tambaleándose.
__ No le haga caso __ dijo el hombrecillo rubio __ Es un lumpen.
__ Antes de la Revolución vivía de guataquear a los niños bitongos y no quería tratar a los demás negros __ dijo el mulato.
__ Tiene la mentalidad que le formaron los capitalistas y no comprende que los tiempos han cambiado. El y otros cuatro piolos como él no se quieren adaptar. El dia menos pensado se marchan para el Norte.
__ Que se vayan __ exclamó el mulato. Cuantos menos queden más claros estaremos.
Beny Moré interpretaba Bahía de Manzanillo. La vitrola reinaba en la penumbra del local como un altar majestuoso Los muchachos se habían acercado a ella y la rodeaban con devoto silencio, casi en actitud de plegaria. En aquel momento no me hubiera sorprendido que, obedeciendo a un fenómeno de sugestión, hubiesen hincado humildemente la rodilla.
Cuando nos fuimos daban las dos. Las calles estaban desiertas y los gatos huían atemorizados a nuestro paso. Mis amigos me escoltaron hasta el hotel. Nos despedimos con efusiones y abrazos y el hombrecillo rubio prometió que pasaría a recogerme a la hora del desayuno.
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