La palabra Cuba se asocia instintivamente en mi memoria a una cálida tarde del verano de 1939 en una casa de campo de mi padre próxima a Barcelona. La guerra civil había terminado meses antes y, tras aquel turbio paréntesis de acontecimientos oscuros, en mi universo reinaba el orden de siempre. Mi familia había recobrado bienes y propiedades y, aunque sin mi madre, muerta durante un bombardeo en las calles de la ciudad, mi primitivo mundo infantil se reconstituía. Volvía a ser un niño bien, aceptablemente rico, destinado, en virtud de una ley maravillosa, a sobresalir,como habían sobresalido mis antecesores durante generaciones y generaciones por el simple hecho de haber nacido en hogar pudiente como yo, entre los demás chiquillos que, en los años de confusión y desorden, habían compartido mis juegos, y me habían enseñado a agradecer diariamente a Dios el prodigioso favor que suponía pertenecer al bando de los escogidos y acaparar con él, de modo vitalicio, la bondad y la riqueza, la dignidad y el poder, en medio de la respetuosa admiración de la gran multitud de los desafortunados. Durante la guerra, la casa había sido ocupada por una escuela de niños huérfanos y, aquella tarde, mientras recorríamos las habitaciones revueltas y sucias, mi padre cogió un machete que había encima de un escritorio y, por primera vez, me habló de la familia y de Cuba. Supe, de este modo, que mi bisabuelo había ido allí un siglo atrás a buscarse la vida y que, gracias a una tenacidad y abnegación  verdaderamente ejemplares, había dejado a sus hijos, al morir, la propiedad de dos ingenios de azúcar y de un respetable número de negros. Un dibujo hecho a lápiz, enmarcado en el saloncito contiguo a la galería, mostraba a un caballero de rostro enérgico, cuya mirada autoritaria formaba un rudo contraste con la expresión bondadosa y los ojos apacibles de la bisabuela. Al lado de ellos mis abuelos y tíos me parecieron singularmente apagados. Dueños de un capital inmenso habían consumido su vida entregados a sus deberes sociales y devociones religiosas. Los retratos los representaban distinguidos y fríos, levemente caducos y como abrumados por el peso de sus responsabilidades. Al acabar la guerra de Cuba habían liquidado los ingenios para establecerse definitivamente en España y —habiendo ganado en respetabilidad lo que perdieron en algún revés de fortuna— morir llorados por todos, casi con la aureola de santos.
        De ellos nací yo —vástago tardío de la familia—, heredero de un pasado glorioso vinculado al recuerdo de Cuba. Los años de la revolución se habían esfumado como un mal sueño e, instalado de nuevo en mis prerrogativas, estudiaba en el colegio de pago en el que se había educado mi padre y pasaba mis vacaciones escolares en la misma casa de campo en donde, siendo niño, había veraneado él. Fueron tiempos felices, desdibujados y borrosos, durante los que, acomodado en los sillones de mimbre del jardín,     revivía la epopeya familiar hojeando la edición encuadernada de la vieja Ilustración Española y Americana. Me habían dicho que los esclavos negros adoraban al abuelo y lloraron amargamente al obtener la libertad, y mi imaginación se desbocaba leyendo las hazañas de los soldados que combatían en la manigua. Con gran sorpresa, me enteré de que un grupo de cubanos se habían alzado inexplicablemente contra nosotros, y la intervención de Estados Unidos y el hundimiento de la escuadra española me llenaron de desconsuelo. Cuba encarnaba a mis ojos el paraíso perdido. Entre las cartas y legajos amontonados en la buhardilla había descubierto una colección de fotos amarillentas, cuya imagen no se ha desdibujado todavía de mi memoria. En una de ellas aparece el bisabuelo, con sombrero de paja y bastón, contemplando la torre del ingenio, los tachos y las pailas.      Otras, muestran los barracones de batey y una guardarraya de palmas reales, el palacete de Cienfuegos y un salón criollo con mecedoras, columnillas, espejos, tiestos de arecas y sofás de caoba. Mi preferida reproducía un tren cañero, con nuestro apellido escrito en la anticuada locomotora y una larga hilera de jaulas y bateas listas para la zafra. Mi niñez transcurrió entre aquellos recuerdos y, aún ahora, la nostalgia del mito infantil obsesiona mis noches de insomnio, cuando el día ha sido particularmente gris y el trabajo duro y, por una razón misteriosa, en la estructura del mundo que rodea a uno, uno no advierte, como debería, la imperiosa necesidad del cambio.
Más tarde volví a pensar en Cuba por diferentes razones. Había cumplido catorce años y empezaba a interesarme en la política. Todas las mañanas devoraba los comentarios editoriales de los periódicos, y el rostro ceñudo y grave de los adultos me daba a entender que la situación se deterioraba. Poco a poco se había adueñado de mí el miedo por lo que existía, por la solidez de mi universo cerrado y dichoso. El fin de la Guerra mundial me había abierto los ojos respecto a los progresos del socialismo y, quienes me habían enseñado a dar gracias a Dios por mi piedad y mi fortuna, me ponían en guardia, entonces, contra su empresa destructora. En el mapamundi escolar medía el avance continuo de la gangrena y, en tanto que relegaba al olvido mis ensoñaciones infantiles, leía con el corazón palpitante las noticias de huelgas y revoluciones, las estadísticas aterradoras de los diarios. Europa me parecía demasiado frágil e insegura. Algunas noches me despertaba con la frente orillada de sudor y, secretamente, había decidido mudar aires. Si el enemigo invadía el continente había que huir a un lugar más tranquilo. Como los chinos que escapaban de Mao, planeaba refugiarme en Cuba. Un tío paterno —muy seriamente—me aconsejaba el Congo o Angola.
Mis proyectos no se realizaron jamás y, cuando volví a pensar en Cuba, andaba a la vuelta de los veinte años y estudiaba leyes en la Universidad. La eventualidad de una revolución no me asustaba como antes y, a medida que crecía mi rencor contra la clase social en que nací, meditaba acerca de los orígenes de nuestra fortuna y la dudosa nobleza de sus blasones. La historia del bisabuelo había perdido insensiblemente su aureola infantil de romanticismo. Las fotografías amarillas del ingenio no me interesaban ya, y si me inclinaba sobre la Ilustración Española y Americana y examinaba el rostro de los hombres sacrificados de nuestro pueblo mientras los embarcaban a luchar contra sus hermanos mambises, no advertía en ellos ningún trazo de orgullo o sed de aventuras, sino la triste resignación de unos obreros y campesinos arrancados de su tierra para defender intereses extraños. Entonces empecé a desempolvar los fajos bien ordenados de la correspondencia del bisabuelo y, entre las liquidaciones y balances de las Bancas de Nueva York, Filadelfia y París, descubrí las cartas de los esclavos, embebidas de un dolor viejo de siglos, escritas con la sangre de sus muertos y las lágrimas y el sudor de su dignidad pisoteada. Bruscamente, mi respetabilidad burguesa me horrorizó. El simple nombre de Cuba constituía un reproche, y la conciencia de mi culpa y de la culpa de mi estirpe y de mi clase y de mi raza, me abochornaron. Durante bastantes años —inconscientemente quizá— preferí creer que Cuba no existía en absoluto y que los señoritos que me hablaban de ella y ponderaban su paz social y el orden batistiano tenían razón; que el pecado de los españoles —si es que hubo— había sido olvidado hacía tiempo, como las cartas de los esclavos de las que nadie se acordaba o los soldados anónimos del cuerpo expedicionario sepultados en la fosa común.
Desde que abandoné mis estudios hasta mi voluntario destierro a Francia mi vida conoció pocas alteraciones. Fueron años ingratos, de vacilaciones y dudas entregados a una minuciosa tarea de derribo y liquidación. Había empezado a tirar de una cuerda e ignoraba lo que arrastraba detrás. Sabía que los valores de mi clase eran mentirosos y huecos, pero no disponía de otros para remplazarlos. Lentamente consentí en escuchar las razones del enemigo y me veía obligado a reconocer la justedad de su causa. Al término de este proceso comprobé, con cierto asombro, que la conclusión a que había llegado a costa de tantos esfuerzos, la inmensa mayoría de mis conciudadanos, por el mero hecho de haber nacido pobres, la sostenía desde siempre con perfecta naturalidad. Entonces comprendí el verdadero significado de nuestra guerra y supe que, a despecho de cuanto me habían inculcado, me alinearía, en adelante, en el bando de los desposeídos.
Mi porvenir no quedaba resuelto sin embargo, y el contraste brutal entre la realidad y la idea, mi impaciencia y el ritmo lentísimo de la historia, me confundía y desanimaba. A momentos me inclinaba a creer que estaba loco, que todo era producto de un mal sueño, que nuestras cosas no cambiarían nunca. El desembarco del Granma y los combates de la Sierra me sacudieron de mi apatía. Había una maldición que parecía pesar sobre los pueblos de nuestra lengua, siempre dormidos, siempre inmóviles y como aplastados bajo el peso de las oligarquías y las castas. La odisea de Fidel y sus hombres era la negación de esa fatalidad, la prueba inequívoca de que el sueño largamente acariciado era empresa posible. Todo el otoño de 1958 había vivido pendiente de los periódicos y, conforme se precisaba el resultado de la lucha, mis últimas dudas desaparecieron. Recuerdo como si fuera hoy la mañana fría y brumosa en que leí la noticia de la huida del dictador. Sentía que nuestra hora había sonado al fin. Estaba rodeado de franceses que caminaban deprisa hacia las bocas del Metro y tenía ganas de aproximarme a ellos y abrazarlos.
Gracias a la Revolución, Cuba había irrumpido una vez más en la esfera de mis preocupaciones más urgentes y, a medida que colmaba mi anterior vacío con su estímulo, y sustituía mi desánimo con su esperanza, su presencia me resultó indispensable. Cuando aterricé en el aeropuerto de La Habana las imágenes sucesivas de mi infancia, adolescencia y juventud se esfumaron ante el espectáculo del pueblo que la Revolución había puesto en marcha. Acababa de divulgarse la nueva del asesinato del brigadista Manuel Ascunce y, desde la ventana de mi habitación, contemplé el inmenso gentío que inundaba la amplia calzada de la 23. Aquellos rostros de milicianos y soldados, viejos y chiquillos que reclamaban justicia, los conocía bien. Eran los mismos que, veinticinco años atrás, habían irrumpido en mi universo de niño satisfecho y que, entonces, me habían sobrecogido de temor. La antorcha revolucionaria estaba ahora en manos de Cuba y, por una hermosa lección de la historia, ya no era España quien indicaba el camino a su ex colonia, sino la ex colonia quien daba el ejemplo y alumbraba los corazones, nos ilustraba y nos precedía. Defender a Cuba era defender a España, como un cuarto de siglo atrás morir en España fue morir por Cuba. Los esclavos se habían impuesto finalmente sobre el recuerdo del bisabuelo. Ochenta años después de su muerte, sus descendientes saludaban con júbilo el triunfo de la Revolución cubana.
Por espacio de dos meses y medio recorrí la isla de un extremo a otro. De Santiago a Guane, de Varadero a la Ciénaga de Zapata, compartí la existencia del pueblo, bebí y alterné con él. Cuanto refiero acerca de la región de Manzanillo hubiera podido escribirse respecto a Santa Clara, Pinar del Río o Camagüey sin que mi testimonio sufriera modificaciones. Las seis provincias de Cuba viven con igual entusiasmo el proceso de la Revolución y sus hombres poseen las mismas cualidades de nobleza y dignidad de quienes he intentado retratar en estas páginas.
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